El homenaje a Dante y la exposición Espacios ambientales

Categories: Escritos por Álvaro Barrios

Por Alvaro Barrios. Tomado de Orígenes del arte conceptual en Colombia, 2000.

 

1965. Tinta china y collage sobre papel.

“La comedia”. 1965. Tinta china y collage sobre papel. (sin dimensiones)

 

Con motivo del séptimo centenario del nacimiento de Dante, la Embajada Italiana en Colombia organizó, hacia marzo de 1966, una convocatoria nacional titulada «Concursos Dante Alighieri», entre los que destacaba un «Tributo de los Artistas Colombianos a Dante», dedicado a las artes plásticas, para el que un jurado de selección y premiación integrado por el fotógrafo Guillermo Angulo, la galerista Alicia Baráibar de Cote Lamus, el pintor Enrique Grau y un delegado de la Embajada de Italia, Guilio Corsini, escogió 31 obras que fueron exhibidas entre el 31 de marzo y el 12 de abril, en la Galería Colseguros de Santafé de Bogotá. El 14 de abril, a las 6:30 de la tarde, en un solemne acto, el Ministro de Educación y el Embajador de Italia debían proclamar a los ganadores de los concursos literarios y de pintura.

 

Sorpresivamente, Giulio Corsini protestó por el primer premio otorgado a Bernardo Salcedo con la obra titulada Lo que no supo Dante: Beatriz amaba el control de la natalidad. En el Acta del Jurado, el señor Corsini dejó constancia de sus divergencias con los demás miembros del mismo: «Primero: Considera que la obra en cuestión no encaja dentro del concepto de pintura. Segundo: Tampoco llena las condiciones estipuladas en el concurso, en el sentido que el tema debe inspirarse en Dante, su vida y su obra».

 

El Dr. Teodoro Fuxa, encargado de negocios de la Embajada de Italia, declaró: «Con justificado asombro, esta embajada vino a conocer el veredicto del jurado por ella nombrado, el cual indujo a algunos participantes en el concurso, y a buena parte de la opinión pública, a reaccionar enfáticamente, por considerar injusto e irreverente dicho veredicto, toda vez que la pieza del señor Salcedo no está inspirada en Dante o en su obra, tema obligante según las bases del concurso. Por consiguiente, la Embajada de Italia, permaneciendo completamente al margen del juicio, se vio obligada a suspender la proclamación de los ganadores e invitó a los miembros del jurado a reexaminar su decisión».

 

Los demás integrantes del jurado, sin embargo, no consideraron válidas las objeciones anteriores, por dos razones principales: «Primera: Las nuevas tendencias del arte han implantado en todos los países la creación de “objetos” ejecutados con técnicas semejantes a las empleadas por el señor Salcedo en su trabajo. Tales objetos no están ciertamente inscritos en la pintura tradicional, pero han sido aceptados por la crítica dentro del ámbito de las artes plásticas. Por otra parte, lo estipulado en las condiciones óleo, acuarela, grabado, etc., es suficientemente amplio como para permitir la admisión de una obra como la del señor Salcedo. Segunda: Opinan que el término “inspiración” se refiere a un talante subjetivo del artista, y no implica, por consiguiente, la necesidad de “ilustrar”, de modo más o menos convencional, episodios de la “Comedia” o de la biografía del poeta».

 

Unos días después, la Embajada de Italia expidió el siguiente comunicado: «Con base en que el jurado reafirmó su veredicto, no obstante el voto adverso de uno de sus miembros, las observaciones y reclamos de la opinión pública en general y de algunos de los concursantes contrarios al fallo inicial, la Embajada de Italia ha procedido a declarar cerrado el concurso, deja al jurado el honor y la responsabilidad del fallo y procede a la entrega de los premios, como se indica a continuación: Primer premio: Bernardo Salcedo, por su obra Lo que no supo Dante: Beatriz amaba el control de la natalidad y Segundo premio: Álvaro Barrios por su collage Comedia (1965)».

 

Bernardo Salcedo, el artista que había producido este revuelo en la ciudad de Bogotá, era un arquitecto prácticamente desconocido, que impactaría aún más en su segunda exposición individual, unos meses más tarde, en el Museo de Arte Moderno , dirigido entonces por la influyente crítica argentina Marta Traba y cuya sede provisional se encontraba ubicada en una edificación de la Universidad Nacional, ofrecida por el rector de ese centro educativo, Dr. José Félix Patiño.

 

Sobre el incidente del «Homenaje a Dante» escribió Marta Traba: «Bernardo Salcedo presentó sus cajas y sus objetos tridimensionales el año pasado, por primera vez en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Enseguida participó en el concurso de Dante, la notoriedad que no había conseguido con su talento, la consiguió, como sucede siempre con el escándalo en Colombia. Su obra Lo que no supo Dante: Beatriz amaba el control de la natalidad y la risa estrepitosa que se desprendía alegremente, de ella junto con la catarata de huevos blancos petrificados, no derribaba a Dante ni bajaba del pedestal divino a Beatriz, sino que demostraba la imposibilidad de que un artista del siglo XX rindiera homenaje al mayor genio lírico del siglo XIV sin caer en el absurdo lindante con la irreverencia. Esa obra bastó sin embargo para colocarlo en el cepo donde estamos todos aquellos que cometemos el delito de haber tomado conciencia del mundo en el que vivimos».

 

Yo, por mi parte, era un joven estudiante de arquitectura en la Universidad del Atlántico de Barranquilla, y poco después, el 26 de octubre del mismo año, inauguré mi primera exhibición individual en Santafé de Bogotá, en la Galería Colseguros, por invitación de su directora, Alicia Baráibar, quien, como se dijo, había integrado el polémico jurado. Al día siguiente, Marta Traba me extendió una invitación para realizar una exhibición individual en el Museo de Arte Moderno. La muestra se inauguró el 14 de marzo de 1967. El 27 de abril, viajé a Italia a estudiar Historia del Arte en la Università Italiana per Stranieri di Perugia.

 

Durante el tiempo que permanecí en Umbría, se realizaron en la región dos grandes eventos: «El Festival de los dos Mundos», en Spoleto, y la muestra titulada «Lo Spazio dell’Immagine», en Foligno. Esta última, en particular, produjo en mí una honda impresión, ya que se trataba de la intervención de los espacios de una edificación medieval por parte de un grupo de destacados artistas italianos contemporáneos.

 

A mi regreso a Colombia, hacia octubre del mismo año, me establecí en Bogotá, donde viví durante todo 1968. En ese tiempo, frecuenté el círculo de Marta Traba y en octubre inauguré una exhibición individual en la galería que esta dirigía. En aquellos días vino a mi mente la idea de proponerle a Marta Traba la exposición Espacios ambientales para realizarla en el Museo de Arte Moderno. La muestra, evidentemente, estaba inspirada en la exposición de Foligno, y se pensó, inicialmente, en convocar a todo el grupo de jóvenes que en ese entonces daba vida a las actividades del museo, pero la propuesta, aunque fue recibida con gran entusiasmo por la de directora de la institución, no encontró eco en todos los invitados iniciales. Beatriz González y el arquitecto Fernando Martínez Sanabria declinaron la invitación, aunque este último aparece incluido en el catálogo. Bernardo Salcedo participó con un gesto: declaró obra suya un baño del museo, inmaculadamente blanco, al lado de cuya puerta fue colocada una ficha técnica. En realidad, los artistas que trabajamos para la muestra y participamos reflexivamente en la misma fuimos Feliza Bursztyn, Santiago Cárdenas, Ana Mercedes Hoyos, el maestro de obra Víctor Celso Muñoz y yo. Marta Traba sugirió que un premio sería una buena motivación y daría interés al evento y se aceptó el ofrecimiento de Lía de Ganitsky, coleccionista y mecenas de la época, quien entregó la suma de veinticinco mil pesos a la ganadora, Ana Mercedes Hoyos, por su obra titulada Sobre blanco, sobre blanco, sobre blanco… y un segundo premio de cinco mil pesos a Víctor Muñoz.

 

En su columna en el Magazín Dominical de El Espectador, Marta Traba predecía: «Debo anunciar la exposición que a mi juicio será el acontecimiento más sobresaliente del año. Esta muestra se llama Espacios ambientales y estará abierta en el Museo de arte Moderno de la Ciudad Universitaria, del 10 al 23 de diciembre. Interviene en ella un dibujante, Álvaro Barrios; dos pintores, Ana Mercedes Hoyos y Santiago Cárdenas; una escultora, Feliza Bursztyn; y como invitados especiales, un maestro de obras, Víctor Celso Muñoz, y un arquitecto objetista, Bernardo Salcedo. Detrás de la exposición es un ataque a la pasividad del público, pero también es el máximo esfuerzo por atraerlo. No se puede seguir diciendo que se ha operado en el arte y en la relación espectador-obra de arte un cambio radical. Hay que demostrarlo. La exhibición del Museo es el primer intento de demostración; cuando los espectadores indignados o divertidos pregunten su eterno “qué es esto”, pidiendo que se les defina, como en el ABC, “esto es pintura”, “esto es escultura”, “esto es una vaca”, “esto es una mariposa”, ya no podrá decir más eso. Se pretende, por el contrario, demostrar: 1º ) Que lo que busca el espectador en el arte actual, nunca lo encontrará; y 2º) Que encontrará todo lo que no busca y que ni siquiera sospechaba que existía.»

 

Pero lo que nadie sospechó, realmente, fue que dos estudiantes, uno de Derecho y otro de Medicina, de la Universidad Nacional, violentaran las puertas del Museo en la madrugada siguiente a la inauguración, y destruyeran dos de las obras, dejando consignas escritas en tarjetas impresas. Los autores del atentado, Iván Ramírez y Pedro Berbesi, fueron sorprendidos por los guardias cuando destruían mi obra titulada Pasatiempo con luz intermitente y la de Víctor Muñoz, Bogotá, una ciudad en marcha para beneficio de todo el país. Los agresores fueron puestos bajo arresto en los calabozos de la Comisaría del Norte y los directivos del Museo formularon denuncia por daño en cosa ajena y violación de domicilio, por cuantía de seis mil pesos. Los estudiantes, integrantes de un grupo de izquierda que protestó en la entrada del Museo la noche de la inauguración, exigía «un arte para el pueblo y no para los burgueses».

 

Paradójicamente, una de las víctimas, el maestro de albañilería, Víctor Celso Muñoz, era un modesto obrero del sur de Bogotá, miembro de la Junta Comunal del barrio San Carlos, que había trabajado durante tres años en una maqueta de la ciudad, de aproximadamente 16 metros cuadrados. Cuando se inauguraron los puentes de la Calle 26, en Santafé de Bogotá, esta obra le deslumbró hasta el punto de motivarlo a realizar una réplica de la capital Colombia con edificios, luces eléctricas, estatuas Gaitán, Bolívar, George Washington-, todos sus monumentos y la historia del país escrita en su base. Un muro de su humilde casa tuvo que ser derrumbado para sacar la pieza y llevarla al patio de esculturas del museo. En los meses previos a la inauguración, con sus propios recursos, pavimentó un pequeño trayecto de la Avenida Caracas para evitar que la maqueta se dañara durante el traslado.

Mi obra ocupaba el tercer piso del museo. El público entraba a una especie de auditorio pintado de rojo paredes, pisos, techo, silletería, luces, etc., en cuyo escenario un par de manos colocadas en el espaldar de las sillas daban la impresión de recortar, con tijeras, una cinta de papel hecha con tiras cómicas de prensa, enrolladas formando una gran esfera de tres metros de diámetro. En los espaldares de las sillas, focos rojos con luz intermitente daban la sensación de aplaudir un espectáculo imaginario.

 

En un salón del segundo piso, el ambiente de Feliza Bursztyn, titulado Siempre acostada, consistía en once esculturas con movimiento y sonido de su serie Histéricas, iluminadas y funcionando simultáneamente en un espacio negro que sólo permitía ver las piezas de acero, brillantes, emitiendo música experimental compuesta por Jacqueline Nova.

 

Ana Mercedes Hoyos realizó un laberinto de madera con pasillos estrechos en el que una sorpresiva ventana iluminada dejaba entrar grandes sobres de correo áreo. Marta Traba comentó acerca de esta obra: «El premio al mejor Espacio Ambiental dado a Ana Mercedes Hoyos indica que los artistas nacionales van mucho más adelante que su público natural. El espacio creado por Hoyos está rítmicamente articulado, pasando de zonas claras a oscuras y de situaciones despejadas a situaciones opresivas, para transmitir el sentido surrealista de sus cuadros. Pero la historia de las cartas que no van dirigidas a nadie y terminan sobrevolando entre el cielo y la tierra, al desarrollarse en tres dimensiones reales, se convierte en una vivencia física del público. El arte se convierte en un lugar habitable, significante plástica y prácticamente».

 

En el primer piso, Santiago Cárdenas pintó en la pared del fondo un trompe l ’oeil, titulado Espacios negativos, que producía la ilusión de un salón que se duplicaba. Un cable eléctrico pintado en el muro, siguiendo una perspectiva realista, continuaba en un cable real unido a una plancha colocada en el suelo de la sala vacía.

 

Años después, rememorando estas épocas, Marta Traba escribiría: «Los años sesenta en Colombia, como en todo el mundo, fueron asaltados por los jóvenes con una consigna de rebeldía. Canalizados por el Museo, cuyo objetivo prioritario fue alentar el cambio y las experiencias de las nuevas promociones, particularmente desde su sede de la Universidad Nacional de Colombia, durante los años 66, 67 y 68, sintieron de diversas maneras el estallido de la época. El estímulo a vanguardias inteligentes y la innovación buscada sinceramente por los artistas jóvenes, fue propiciada en los “espacios ambientales” acogidos por el Museo en el período citado, donde se vieron por vez primera obras conceptuales planeadas por Santiago Cárdenas, Ana Mercedes Hoyos y Álvaro Barrios» Intelectuales como Juan Gustavo Cobo Borda también se referirían a los Espacios Ambientales en términos elogiosos, pasados algunos años: «Al visitar, en la misma Universidad Nacional, en el Museo que Marta Traba dirigía, los “espacios ambientales” que proponían artistas como Bernardo Salcedo o Álvaro Barrios, experimenté lo mismo que experimentaría luego, visitando la Librería Contemporánea, fundada por ella en El Lago: Que en esas precarias ediciones, de no más mil ejemplares, hechas por Arca de Montevideo o El Ateneo de Caracas, se estaba conformando un nuevo intento por rehacer, tanto desde la crítica como desde la creación, los presupuestos básicos de nuestra historia intelectual».

 

En relación con la anécdota de las obras destruidas, Marta Traba comentó: «Me preocupa que tales experiencias del conocimiento, destinadas a enriquecer la capacidad de visión y de compresión del hombre culto, puedan ser consideradas por cierto sector de estudiantes como una muestra de indiferencia hacia los problemas del pueblo colombiano. Es difícil admitir que no comprenda que la lucha contra el subdesarrollo, en cualquier situación política que viva un país, capitalismo o socialismo, autoritarismo o revolución popular, no puede hacerse sino por vías múltiples: Que al mismo tiempo que se alfabetiza hay que estimular una cultura en el orden creativo; que al mismo tiempo que se hacen alcantarillados hay que habilitar museos y que cualquier otra conducta favorece el statu quo económico, cultural y política reinante en Colombia desde la Colonia».

 

No obstante el incidente con las tarjetas diseñadas por mí para la exposición Espacios ambientales, se hizo en la vitrina del Museo un árbol de navidad que decía: «Felicidades para el 69».

 

No hay que olvidar que 1969 fue el año en que por primera vez se fertilizó un óvulo humano in vitro; el Concorde Supersónico hizo su primer vuelo; el papa Paulo VI eliminó más de 200 santos del Calendario Litúrgico; el actor Richard Burton le compró a Elizabeth Taylor un diamante de 62.42 quilates; Picasso produjo 165 pinturas y 45 dibujos. Fue el año del Festival de Música y Arte de Woodstock; y el 21 de julio el astronauta Neil A. Armstrong salió del módulo lunar de la nave Apolo 11 y se convirtió en el primer hombre en caminar sobre la luna. Marta Traba salió de Colombia para fijar su residencia en Montevideo. Gloria Zea fue nombrada directora del Museo de Arte Moderno de Bogotá. Y, en el campo de las Artes Plásticas, Colombia tampoco volvió a ser la misma.