«Raros, preciosos y bellos»

Categories: Escritos sobre Álvaro Barrios

Por Eduardo Serrano. Tomado del Magazín Dominical, El Espectador, 25 de mayo de 1986.

 

1983. Acuarela sobre papel. (s.d.)

“Llegada de una obra de Marcel Duchamp a Venecia”. 1983. Acuarela sobre papel. (sin dimensiones)

 

La obra de Álvaro Barrios se cuenta entre las más logradas y más reconocidas en el panorama artístico del país. Su trabajo combina un ímpetu decididamente experimental con una actitud serena y definitivamente culta. Y si bien en cada una de sus etapas se ha hecho manifiesta cierta inclinación por distintos intereses —por ejemplo: por la sutileza de eruditas referencias a la historia del arte, y por el riesgo de variadas aproximaciones técnicas, así como por la intensidad de la neofiguración, por la bizarría del pop y por el carácter iconoclasta y reflexivo del conceptualismo— cada uno de estos intereses ha tomado una forma peculiar, integrándose en un lenguaje personal, inconfundible, en el que cuentan por igual la pulcritud de sus realizaciones, el humor, y la agudeza de sus lucubraciones sobre el concepto arte. Pero Barrios es, además, uno de los artistas más coherentes y más lúcidos en la expresión de sus ideas; y es justo, por lo tanto, con él y con el público, que con ocasión de esta retrospectiva en el Museo de Arte Moderno sea el mismo artista quien explique las razones de su obra y haga luz sobre algunos de los interrogantes que suscitan su trabajo y su actitud:

 

E.S. Álvaro, ¿cómo y cuándo reconociste tu vocación de artista?
A.B. Cuando yo tenía ocho años, mi padre había visto frustradas sus intenciones de que yo estudiara música, de modo que me matriculé en Artes Plásticas en la Escuela de Bellas Artes de Barranquilla. Nunca pude entender, ni ahora incluso, el sentido de las palabras artes plásticas. Pero la palabra vocación era para mí familiar, porque la oía con frecuencia en el colegio de los Hermanos Cristianos asociada con el llamado de Dios al sacerdocio, o algo así. De modo que mi vocación de artista surgió en la escuela primaria y se afianzó en las clases de matemáticas, durante las cuales dibujaba todo el tiempo en los cuadernos cuadriculados. Después vino la pretensión de iniciar una carrera de artista, que es algo bien distinto, y eso fue hacia 1964.

 

E.S. Se ha dicho que el dibujo testimonia directamente gestos exploradores e impulsivos, y que se trata por lo tanto del medio más íntimo de trabajo artístico. ¿Estás de acuerdo con esa apreciación?
A.B. Desde un punto de vista convencional, es cierto que el dibujo puede considerarse una forma íntima de expresar el arte. Pero pienso que la vida misma es el medio más directo que hay entre el artista y el hecho creativo. La vida, con sus continuas trasformaciones, es de por sí creativa y dinámica y el artista sólo tiene que estar en armonía con la suya propia para ser siempre nuevo. Pero esto, que parece obvio, no es un logro fácil para un artista, especialmente porque muchas más veces de lo que uno cree el arte y la vida del artista andan por vías separadas y es en esos casos cuando se produce un arte vacío, sin sentido.

 

E.S. ¿Qué relación directa hay entre tu vida y tu obra?
A.B. Yo tuve la fortuna de continuar mis juegos de infancia en el camino del arte. Sólo ahora soy realmente consciente de que todos los pasatiempos de mi niñez se me presentaron en esa época como revelaciones, como señales de una conducta que debía seguir en la vida, aunque desde niño sabía que esos juegos tenían también otras dimensiones desconocidas y que la tarea de mi vida sería seguir sus pistas a medida que se fueran presentando. De ahí que yo considero que mi obra es autobiográfica, con la sola dificultad de que debo hacer trascender todo lo personal que no revista interés para los demás.

 

E.S. ¿Cómo eran esos juegos, por ejemplo?
A.B. Antes quiero decirte esto: cuando yo leo en la biografía de Lewis Carroll que él tenía su casa llena de muñecas para poder tener su casa llena de niñas y cuando esas niñas crecían él las olvidaba, aunque las mismas muñecas seguían en los estantes esperando a nuevas niñas que también más tarde se irían de su vida, comprendo que la infancia fue su musa para escribir obras como Alicia en el país de las maravillas. Algo equivalente me ocurrió a mí, pero con otros fetiches. El mundo de las tiras cómicas, por ejemplo, fue uno de los dos estados espirituales que ocuparon avaramente toda mi infancia, junto con el asunto religioso. Así como yo creaba historias imaginarias con ángeles, arcángeles, escaleras que subían al cielo, etcétera, también los héroes de las tiras cómicas me convencieron de su existencia real, especialmente aquellos que crecían, envejecían y morían en un espacio de tiempo análogo al de la vida nuestra. Me apropié, pues, de esos mundos. Inventé linternas mágicas para mirar las tiras cómicas —algunas creadas y dibujadas por mí— como en un cine. Creo que de allí nace también mi interés por el cine.

 

E.S. ¿Piensas, entonces, que esas han sido las más fuertes influencias en tu producción?
A.B. Sí. Tú dijiste una vez que mi obra era una conjunción de historia sagrada, historia del arte y ciencia ficción. Eso es cierto. Pero en cuanto a la influencia que haya tenido mi obra en un sentido intelectual, esta proviene de la teoría del arte, de algunos movimientos y opiniones de ciertos artistas.

 

E.S. Se ha afirmado que tu obra tiene una calidad onírica, de ensueño. ¿Hasta dónde podría calificarse como surrealista?
A.B. Mi primer contacto con el surrealismo fue un libro de textos, sin imágenes, sobre la filosofía de ese movimiento. Creo que de alguna manera marcó la orientación de mi trabajo en un sentido conceptual. Pero ninguna obra en particular, ni Cornell, ni Lichtenstein, ni Duchamp, por ejemplo, me influenciaron formalmente. Las teorías de Duchamp, sí por supuesto, así como las de Magritte. Para mí fue definitivo cuando leí que el jinete que cabalgaba a través de un bosque en un cuadro aparentemente académico de Magritte, era el personaje de una obra surrealista simplemente porque estaba perdido. En otra ocasión dijo que surrealismo no era colocar un pescado en una jaula para pájaros, sino colocar un huevo en una jaula para pájaros. Entonces, en este sentido, recibí una definitiva influencia del surrealismo.

 

E.S. En los últimos años trabajaste con el tema Duchamp. ¿Por qué justamente Marcel Duchamp?
A.B. Marcel Duchamp fue, en apariencia, un nombre más en la larga lista de aquellos que han inspirado, a través de toda mi obra, mi interés en realizar arte acerca del arte. El nombre más difícil de todos, también, y por lo tanto un reto que debía desafiar. La atracción que Duchamp ejerce sobre mí no radica solamente en la opinión que tengo de que es el artista más importante de este siglo, sino en que, de hecho, se trata de un artista esotérico, un alquimista que encontró la piedra filosofal por una vía que a mí también me interesa experimentar.

 

E.S. Teniendo en cuenta las continuas alusiones de tu obra al dadá, el surrealimo, el prerrafaelismo y el simbolismo, ¿hasta qué punto podría afirmarse que estas referencias están condicionadas por tu pasión por el ocultismo y otras doctrinas esotéricas?
A.B. El arte, en primer lugar, fue mi primer contacto directo con el mundo verdaderamente interior. Allí me convencí de que lo interior existe y de que yo formaba parte de eso. Con la religión convencional, durante mi primera educación, fue una relación cercana, algo así como el monólogo de quien espera que del otro lado escuchen. En el arte yo tuve mi primer diálogo con lo interior. Después vendrían los diálogos a través del ocultismo, algo que no fue buscado adrede sino que llegó, entre otras cosas, divorciado totalmente de la fantasía. Pero, por supuesto, algunos movimientos artísticos ejercen sobre mí una determinada fascinación por sus nexos con lo esotérico, especialmente si son movimientos que se expresan figurativamente, relatando historias un poco indescifrables, como en el caso de los movimientos que mencionas, aunque también hay obras abstractas, como la de Kandinsky, teosofista de formación, que me interesan en ese mismo sentido.

 

E.S. Bien. Tu trabajo, a su vez, ha influenciado la producción de otros artistas. ¿Quiénes?
A.B. Eso es incierto para mí, porque yo visualizo mi influencia en los demás en la misma forma como yo la recibí de otros, es decir, en un sentido ideológico, no formal. Yo me siento maravillado cuando alguien se me acerca y me dice que mi obra le está transmitiendo muchas más cosas de las que aparentemente tiene. Han llegado incluso a hablarme de vidas que han sido cambiadas por ella, de enaltecimientos que produce en el interior de alguna gente, y esto de ningún modo me envanece porque, por un lado, me resisto a creerlo y, por otro, soy del convencimiento de que no soy yo, sino que simplemente soy un medio, quizá el medio más íntimo, esta vez sí, de otra fuerza directriz de donde proviene todo el arte de todos los artistas. En cuanto a una influencia formal de mi obra en la de otros artistas, las pocas veces que lo he notado —no recuerdo en quiénes— he tenido la impresión de observar algo así como un vestido sin cuerpo, sin la dinámica de esa vida interior que es tan diferente y personal en cada artista.

 

E.S. ¿Si partimos, por ejemplo, del énfasis en el oficio de algunas de tus producciones y del desdén por el mismo en otras, o del carácter decorativo de algunas de tus obras, y del acento antiornamental de otras, ¿sería correcto hablar de una dicotomía entre la parte conceptualista y la parte, digamos, más tradicional de tu trabajo?
A.B. De ninguna manera, puesto que los elementos que dan unidad a mi trabajo están presentes tanto en mi obra conceptual del período dedicado a Marcel Duchamp, como en los trabajos en los que empleo medios tradicionales como el dibujo y la pintura. Y esos elementos podrían ser el misterio, la fantasía, el interés por la cultura occidental, por el esoterismo, en fin. Por ejemplo, cualquiera de mis textos titulados “Sueños con Marcel Duchamp” posee esos elementos en la misma medida en que las acuarelas con fantasías sobre Canaletto, Venecia y Duchamp. Mi Gran Vidrio es arte acerca del arte, por Duchamp y porque contiene una síntesis retrospectiva de mi obra desde 1964. El concepto de la obra titulada Raros, preciosos y bellos posee la misma dosis de nostalgia de muchos de mis dibujos y en general hay una visión romántica, en el mejor sentido del término, consecuente con todo mi trabajo aparentemente convencional. Por otra parte, realizar arte no-tradicional con medios tradicionales es para mí una paradoja hacia la que siempre trato de acercarme. Y finalmente, algo muy importante en esa dicotomía que tú mencionas fue el desprecio por el estilo, esa especie de obligación que los artistas se auto-imponen, no sé con qué objeto, para caer en la repetición, en el agotamiento.

 

E.S. Es bien sabido que tú personalmente, al igual que tu trabajo, han jugado un papel preponderante en el desarrollo artístico de Barranquilla. ¿Consideras que el artista tiene responsabilidades sociales en cuanto a divulgar el evangelio artístico?
A.B. Yo creo que el artista está en la obligación de comunicar, puesto que sin este requisito, el arte, que es un fenómeno producido en la sociedad, no podría cumplir su función. Esta función es llegar al interior de los demás, hacerlos mejores en alguna medida y cambiar también a esta sociedad que a su vez influye en el arte. Yo lo veo, no como un círculo vicioso, sino como una espiral evolutiva, porque el artista y la sociedad deben ir en un ritmo hacia más y mejor, corrigiendo el pasado y aprendiendo de él.

 

E.S. ¿Crees que tu arte es colombiano?
A.B. Ser un colombiano que ha nacido a la orilla del mar quiere decir que se puede escuchar el sonido del mar poniéndose un caracol marino en el oído cuando uno está en la montaña. Pero eso sería una simple superstición para un nórdico. Cuando yo era niño, pintaba unas acuarelas preciosas con temas de Italia, vistos a través de reproducciones populares. Ahora mis acuarelas con temas de Canaletto están trabajadas en la misma forma, o sea a partir de Canalettos colombianos, impresos en Cali y realizados por mí en mi estudio de Barranquilla. Como puedes ver, esto no tiene nada que ver con Italia. Todas las circunstancias que rodean mi trabajo se han dado aquí, en Colombia. Mi desilusión fue grande cuando a los veinte años conocí la plaza de San Pedro, mucho más pequeña que la que yo pinté a los diez años… y mucho menos bella. Entonces me convencí de que mi arte es colombiano, aunque a veces es del otro mundo.